Había una vez dos hermanos. Eran idénticos en todo: mismos ojos profundos, que mostraban el corazón de las estrellas más viejas del universo; mismos gestos, siempre el semblante pacífico, tranquilo, perpetuo; y mismo caminar, con pasos largos y lentos, como si flotaran en el tiempo y el espacio.
Pero había una gran diferencia entre ellos: uno era todo luz, y el otro era la insondable y eterna oscuridad.
Desde que nacieron, así fue. Lo recuerdan clara y vívidamente. De repente mucha luz, para uno, mucha oscuridad, para el otro, se deslizaron por un túnel, como un tobogán sin fin, a toda velocidad por la eternidad del cosmos, y de un momento a otro estaban en medio del vacío absoluto.
El silencio les presionaba los oídos como dos rocas gigantes. La nada les aplastaba el cráneo en todas direcciones a la vez. Por un momento, pensaron que eso sería todo, que no habría nada más para ellos, y dejaron que el miedo los invadiera.
Se desvanecieron… Pero literalmente, se desvanecieron.
Su ser inundó la nada y lo fue llenando. La nada dejo de serlo y adquirió su forma y sus propiedades.
Del brillo de sus ojos nacieron las primeras estrellas. De sus pensamientos brotaron las nebulosas, los meteoros y los gases primigenios. De su aliento, algunos cientos de miles de años después, surgió la vida misma.
Pero no antes de que agotaran todos los juegos y terminaran todas las batallas anteriores.
Cada estrella que uno creaba, el otro la convertía en agujero negro. Por cada galaxia que alcanzaba su apogeo gracias a la alegría de un hermano, el otro con su tristeza y llanto extinguía y apagaba alguna más, sembrando grandes extensiones de soledad absoluta.
Uno generaba luz y calor, otro se complacía con el frío y la oscuridad. Uno creía en el equilibrio y el balance. El otro buscaba el caos y la destrucción.
Con el tiempo, aprendieron que podían tomar la forma que quisieran y experimentarse a sí mismos de la manera que más les llamara la atención.
Uno se convertía en un planeta gigante y tejía sistemas a su alrededor, el otro tomaba la forma de una lluvia de meteoros que destruían las telarañas cósmicas más antiguas del universo.
No sabían por qué, pero les resultaba sumamente entretenido este juego de poder, este crear y destruir, era su diversión más grande y en realidad lo único que estaban dispuestos a hacer.
Lo demás estaba bien: la contemplación, la experimentación, sí, todo eso es interesante y les ayudaba a entender un poco mejor quiénes eran y por qué estaban allí, cómo es que podían expandirse de esta manera por todo lo que existía, ¿o sería acaso que ellos eran todo lo que existía? Muchas preguntas sin respuesta.
En lugar de enfrascarse en caminos sin salida, indagando en asuntos que escapaban de su control, los hermanos decidieron seguir con el juego de la lucha infinita.
La mayor parte del tiempo seguía siendo un juego, pero había periodos donde se volvía más personal.
Como eran omnipresentes y simultáneos, experimentaban la realidad más allá del tiempo y del espacio, pasado, presente y futuro a la vez, así que podían ir y venir por todos los recovecos de la Creación, moviendo piezas y creando estrategias en distintos niveles con tal de ganar de una vez el juego.
De vez en cuando se tomaban una tregua, un descanso, después de alguna batalla especialmente violenta, solo para asegurarse de que siguiera siendo un juego.
A fin de cuentas, eran hermanos, y aunque se destruían uno al otro constantemente, también se amaban de manera incondicional, no podían evitarlo.
En uno de estos descansos, el hermano de luz descubrió su aliento de vida. Hizo florecer todo un planeta, en unos cuántos millones de años. Algo inédito hasta ese momento.
El hermano de oscuridad, al ver este suceso inaudito, descubrió su propio aliento de muerte, y se complació tremendamente.
Este primer planeta lo conservaron intacto muchos años, solo por la nostalgia de haber sido el que inició una nueva etapa en su aparentemente eterna historia.
Podían jugar y destruir cualquier parte del universo, excepto este pequeño rincón donde flotaba este pequeño e insignificante planeta.
Crearon vida y muerte en otros lugares, por supuesto. En muchos otros. Se divertían mucho haciéndolo y encarnando pequeñas batallas locales.
Vivir era tan divertido. Había todas las posibilidades para desarrollar nuevas reglas, nuevas tramas, nuevas experiencias y emociones. Los hermanos estaban gratamente complacidos, pero también sus batallas se habían vuelto mucho más intensas.
No era lo mismo las rocas y los polvos que quedan al destruir un planeta, que los huesos, la sangre y los recuerdos de la vida. La muerte es mucho más pesada que la destrucción. Y entre más formas encontraban de pelear, más ganas les daban de ganar.
A veces ganaba uno, a veces el otro. Cada quien tenía sus momentos, sus protagonismos. Había periodos donde el hermano de oscuridad lo dominaba todo, porque el de luz estaba aburrido, o contemplativo, o simplemente distraído.
Despertaba de su letargo, de algunos cientos de miles de años, y volvía a dar la pelea, recuperando galaxias, devolviendo la luz al universo, solo porque no había nada mejor que hacer.
Y así van extendiendo la eterna batalla por todo el tiempo y todo el espacio.
Cada vez que se topan con aquel diminuto planeta azul donde un día al hermano de luz se le ocurrió la vida y al hermano de oscuridad se le ocurrió la muerte, se detienen un momento y lo observan, y experimentan un rato la belleza y la inocencia de sus seres, sus problemas tan pequeños, sus preocupaciones tan insignificantes, sus enredos tan cómicos y espontáneos.
Es lo correcto mantener este pequeño rincón del violento y agitado cosmos, al margen de todas las atrocidades del resto del universo, en eso están de acuerdo.
[FIN]
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